viernes, 3 de abril de 2009

Si Ramón no viene, no hay fiesta, la música suena como perezosa sin él.
Comenzó a hacer ritmos antes de caminar, su madre le ponía cajas de madera diferentes para que se entretuviera mientras vendía pescado en el mercado. Pronto empezó la gente a echar moneditas al niño que tan sorprendentemente tocaba y su padre empezó a acompañarle a la guitarra. Enseguida dejaron el puesto de pescado y montaron un pequeño taller de fabricación de cajones donde el pequeño podía practicar y enseñar a otros chavales y mayores.
Tiene otra gran pasión, los ojos de Oren

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